15 de febrero de 2013

Aprender aprendiendo.


Queridos chuferos sexy´s, hoy me he levantado con ganas de crear una nueva “sección”. Como bien sabéis, esta ya es la segunda que pongo en marcha (ver la primera, DIARIO DE UNA ADOLESCENTE FELIZ)…no como Nuria y Sandra. EJEM.
         Pues bien, este apartado se llamará Aprender aprendiendo, y su objetivo principal será dar a conocer una serie de palabras, que a mi parecer son curiosas en su naturaleza, y comentarlas. Respecto a lo de comentar, también vosotros podéis dejarnos comentarios abajo. Empecemos…
         1. Pordiosero: Dícese de la persona que pide limosna.
         -Ems…esto…¿De verdad que era necesario juntar tres palabras para hacer una? ¿En serio? Quiero que seáis conscientes de que este fenómeno se pone en vuestra contra a la hora de hacer una redacción de 150 palabras, por ejemplo…ahí lo dejo caer. Además, si dijeses que tiene algo de sentido pues…vale, lo acepto. Pero es que carece de ello totalmente. Vamos a ver, se supone que me tengo que creer que pordiosero es aquel que pide limosna. O sea, ¿me estás diciendo que pordiosero es una palabra más bien tirando para religiosa, se supone que Dios está en contra de las injusticias y quiere que todos seamos iguales, y la utilizas para designar a una pobre persona que no tiene ni para comer? Venga, hombre…
         2. Repanocha: Expresión con que se juzga a alguien o algo extraordinario por bueno o por malo, absurdo, etc.
         -JAJAJAJAJA, esta palabra ya sí que es la cúspide. Como ya sabéis, yo soy una gran fuente de sabiduría y, por ello, os voy a explicar el origen de dicho término. Todo se remonta a unos 200 años atrás. Era un día de verano, caluroso y con trabajo en el campo. La población se ganaba la vida gracias al cultivo de panochas. Entonces, Adelaida (una joven trabajadora, revolucionaria e  inteligente) decidió recoger muchas panochas en lugar de una sola que era lo permitido. Cuando esta llegó a su casa, sus padres le dijeron: ¡Esto es la repanocha! ¡No tendremos que trabajar más! Y es de ahí, de donde precede su connotación positiva. (P.D.: El Chufo Sexy no se hace responsable de la veracidad de sus fuentes para dar a conocer un origen histórico. Para más información, consultar diversas fuentes)
         3. Repelús o repeluzno: Escalofrío. Miedo o repugnancia.
         -Y por último, pasamos a comentar esta palabra. A ver, repelús es una palabra curiosa y muy extendida, lo admito. Pero, a partir de ahora me voy a encargar personalmente de darle la fama que se merece al término “repeluzno” O sea, esta última es mil veces más graciosa que repelús. ¿Cómo responde la gente ante sus usos? ¡Uish, qué repeús! (si dices esto la gente piensa: ¿Ya esta quejándose otra vez el pesado este?)/¡Uish, qué repeluzno! (JAJAJAJAJA, ¡puf! Tío, eres bueno. ¿Has pensado en dedicarte al mundo del humor? Por cierto, ¿quieres una mantita para que no te dé más frío?)
         Bueno, creo que por hoy ya está bien la cosa. Supongo que haré tres palabras por entrada, y si comentáis…¡cuatro!
Sus quiere, Naomi.

San Valentón


                Bueno, bueno…ayer fue 14 de febrero, y todos sabemos por qué fue importante, ¿no? ¡Porque es el día de después del 13 de febrero!-dirá alguno (Y mira, yo lo veo como un argumento de mayor peso que decir que es el día de los enamorados)
                ¿Qué pasa? Que el 14 estás enamoradísimo y ya el 15 se te pasa, ¿no? Es un…
14 de febrero
+Cariño, te amo. Eres lo más importante de mi vida. (Introducir día y primera letra del mes en mayúscula sin espacio entre ellos) Siempre juntos… (Y otras horteradas)
-Yo también, mi vida. Nunca nos separaremos.
15 de febrero
+Yeeh!
-¡Hola! (acompañado de un besito para cumplir)
                Pues bien, respecto a mi punto de vista creo que es un día como los demás. No tiene nada de especial porque en este, al igual que otros, tienes que demostrarleS a laS personaS que quieres todo aquello que te hacen sentir. Y pongo las S´s en mayúsculas no porque ahora me haya dado el puntazo de ser choni (creo que ya dejé bastante claro lo que opino de ello) sino porque no solo hay que decírselo a la pareja sentimental. También cuentan los amigos, los familiares…
                Y claro…luego está el imprescindible, el inmejorable y divertidísimo…San Solterín (habrá algún listo que diga: San Solterín no es correcto porque “solterín” no es el antónimo de “Valentín” mientras pone una voz realmente remilgada…Ems…Pues te inventas tú uno, ¿vale? Que yo con mi horterismo soy feliz) Eso sí que es un día para recordar. Ves a tus amigos con pareja darse el lote y piensas: “¡Uf! Menos mal que esa no soy yo, porque me gustaría conservar mi boca y que no fuese absorbida por una ajena”. O también reflexionas: “Si no me han regalado bombones será porque me viene bien hacer dieta” Y, por último, el pensamiento de: “No he recibido ninguna carta. Y gracias a Dios, porque estoy tan atareada leyéndome (número inexistente) de libros para el instituto…” Y esto es así, amigos. Un día cruel para los sentimentales solterones, divertido para los solteros de oro, y memorable para los enamoradizos.
                Y, como os habréis fijado en el título, he puesto “San Valentón” Pero no es una falta de ortografía… ¡no! Está escrito así adrede, porque a día de hoy a que tener un buen par de…neuronas para pedirle salir a un/a chic@. ¿Qué puede pasar?
                     1. Que te diga que sí: Muy bien, muy bonito todo. ¡Anda, mira! Un árbol rosa. A ver cuánto duráis, majetes…
                     2. Que te diga que no: ¡Puaf! Preferimos mil veces un tortazo a esa patada al corazón que se extiende hasta el estómago. A mí nunca me ha pasado (porque mis neuronas patinan, llámame loca) pero por lo que he visto…duele. Y, por supuesto, luego recuerdas todos los San Valentines como el día en el que te rechazaron. Triste y penoso. Lo sé.

Pero bueno, esto es una costumbre como otra…y una se tiene que callar y desear que el día acabe lo antes posible para no tener que aguantar y ver a todas esas parejas magreándose e intentando demostrar lo felices que son ese día para luego dar a entender lo contrario.

Espero que este día haya sido de vuestro agrado…y a ver si el año que viene hay más suerte y escribo una entrada empalagosa de esas que dan asco leer (eso sí, sin numeritos y esas cosas…que una tiene sus principios)

Sus quiere, Naomi.

7 de febrero de 2013

Canaval, te quieroooo

El carnaval es una bonita época llena de alegría, inocencia y disfraces... Cuando era pequeña, en mi colegio se organizaba un desfile para enseñar la capacidad creativa de cada alumno. Y después de 9 años en estos recitales he conseguido separar a los elementos que se ven en ellos en varias categorías:

Estaban los niños que siempre se disfrazaban igual. Todos los años, el mismo disfraz de princesa o de ninja... Estos no se complicaban mucho la verdad.

Estaban los que llevaban disfraces normales que no destacaban (entre los que me incluyo). Llevaban disfraces comprados de cosas tan inocentes como payaso, personaje de cuento, animal, etc. Estos no tienen más misterio, simplemente intentan pasar desapercibidos y con la menor humillación posible.

Estaban los que siempre la petaban este día, porque unos la petan en convenciones de belleza, otros en concursos de redacción, otros en los deportes y otros en carnaval, cada uno destaca en lo que puede, ¿vale? El caso es que estos solían llevar disfraces de lo más currado. Cosas cotidianas que se convierten en asombrosas cuando alguno de ellos intenta convertirlo en un disfraz. Desde mochos, pasando por duchas o un plátano... ¡UN PLÁTANO! ¡Con un par! ¡Olé tú!

Luego estaban las viejas glorias, esos de los que siempre se esperaba mucho porque un año escogieron un disfraz que la petó. Todos pensaban que sería un nuevo rompedor de Carnaval... pero no, era una vieja gloria .

Luego estaban unos que me encantaban. Sobre todo durante los últimos años de colegio, observé una nueva moda que se estaba extendiendo entre los más mayores del patio. Esta asombrosa moda consistía en disfrazarse del sexo contrario. Así, he visto a chicos vestidos de mujer y a chicas de hombre. Tuvo su época, pero al año siguiente ya lo consideraba un disfraz de vieja gloria.

Y por último estaba esa gente que no sabría si considerarla cobarde o inteligente por lo dicho anteriormente... La gente que no se disfrazaba o decía cosas como "yo voy disfrazado de mí". ¡Así te ahogues con tu baba, por egocéntrico!


Niños y no tan niños que hacen el ridículo por la calle, maravilloso Carnaval porque... ¡¡qué más da!! Por un día que podemos pasar de convenciones sociales y justificar todo lo que nos ponemos la excusa de Carnaval... ¿por qué no aprovecharlo?
Así que, cuando llegue el momento, elige un gran disfraz que la pete, porque si hay un día en el que puedes llevar lo que te dé la gana, ese día es Carnaval.  

31 de enero de 2013

Hazte tú mismo.

Érase dos veces, la historia de una joven que ansiaba con todas sus fuerzas y con las del resto del mundo vivir. Sentir todas las experiencias posibles y recordarlas era la meta de su vida. Se miraba en el espejo, y se veía a ella sin sustancia, sin esa esencia que nos hace únicos. El pintalabios rozaba su boca, repartía el producto con los dedos y juntaba ambas partes de sus labios. Se lo mordía, se veía irresistible. Ahora era el turno de los ojos. Esos ojos profundos, abiertos y llenos de experiencia, de dolor y de alegría. Se los delineaba sin excederse, se ponía rímel y con ese instrumento que da más miedo que confianza, se rizaba las pestañas. Colocó dos pendientes en sus diminutas orejas. Respecto al pelo no sabía qué hacer con él. ¿Lo dejaba suelto o recogido? No importaba, de las dos formas sería una joven tremendamente sexy. Pero optó por la libertad y dejó su melena suelta, permitiendo que el aire que entraba por la ventana lo acariciase, que desplazase el olor de su mascarilla afrutada. Era el momento de ponerle banda sonora a la situación. Pulsó el botón de la radio, hizo un ruido raro pero en seguida localizó lo que buscaba. Una música que le transportase a ese su mundo, un mundo en el que ella no era ella. Allí era una persona segura, digna de admirar e inimaginablemente sensual. Con la melodía saltaba, bailaba, cantaba…ansiaba ser feliz y cada vez con más facilidad se olvidaba de todo. Solo quería disfrutar de esos instantes. Breves pero intensos, eso era lo que ella buscaba. Sudaba debido al gran esfuerzo que hacía, a las ganas que le ponía a sus movimientos, a sus actuaciones frente a ella misma. Una gota de sudor le cayó en la frente, se limpió y siguió a su tarea. Las gotas empezaron a deslizarse por su espalda, sus piernas y su vientre. Ya se estaba cansando de lo que hacía, así que decidió darse una ducha y desconectar.
A la mañana siguiente tocaba ser la chica que todos conocían. La muchacha tímida, insegura e incluso algo borde. Pero ella en realidad no era así, sus amigos lo sabían. Lo que pasaba es que tenía miedo de que la gente le conociese demasiado, que llegasen a saber sus puntos débiles y que pudiesen atacar donde más duele. En el corazón. Ella no estaba dispuesta a arriesgarse, por lo que siempre que salía a la calle se rociaba con su perfume, rodeaba su fino cuello con un pañuelo informal y se ponía el caparazón que le permitía aislarse del mundo siempre que quisiese. Lo hacía pocas veces, pero lo empleaba. ¿Quién de las dos era la verdadera adolescente? ¿La que brincaba en su habitación sintiéndose libre y viéndose apetecible o la que se encontraba todo tipo de defectos en cuanto pisaba el suelo de la calle? Quería pensar que la primera, porque era así también con sus amistades y familiares. Temía convertirse en una persona aburrida, sencilla, de color apagado… Esa era una de sus peores pesadillas. Por eso día sí, día también le plantaba una sonrisa a la vida. Un sonrisa que demostraba desafío, intelecto y… ¿por qué no? Todo aquello que se le pasase por la cabeza.
No dejes que la gente te haga. Hazte tú mismo.
Colorín colorado, este cuento NO ha acabado.
Sus quiere, Naomi.

26 de enero de 2013

La caja de música


En un caja de cartón, en un desván de una pintoresca casa de los jardines de una ciudad verde y bonita, escondida debajo de viejas revistas, una cuidada caja de música hecha a mano. Bonita por fuera, con detalles preciosos que hacían de su exterior un trabajo casi perfecto. Se notaba antigua, pero las revistas habían cumplido una función improvisada y habían protegido a la caja de música del polvo y los posibles insectos.

En esa bonita y verde ciudad, en esa pintoresca casa, cuyo desván escondía la maravillosa caja de música vivía un muchacho. Un joven de unos 20 años, nada especial. Mediocre en los estudios, algo tímido pero simpático, alto, moreno y con cara de niño. Un día, el joven conoció a una muchacha. Una chica guapa, inteligente, agradable, dulce y algo tímida, como él. Se conocieron, poco a poco, sin saberlo, sin pensarlo, disfrutando inocentes de cada momento.

Un día, los muchachos se quedaron a solas en la pintoresca casa de la bonita y verde ciudad, y decidieron pasar el día en el desván para sentirse aislados del mundo. Ella, curiosa, buscaba entre las cajas de cartón un tesoro, algo material, algo que quizá en una tienda de segunda mano tuviera el valor suficiente como para que ambos no trabajasen nunca. Encontraron la caja de música. Ningún valor material, no valía nada. Él se quedó observando detenidamente la caja, embelesado. Ella la miró fijamente y quedó prendada también de su belleza. Se miraron y como arrastrados por una fuerza ambos se fundieron en un dulce beso.

Los días que siguieron al beso fueron los más felices de sus vidas. Ambos estaban enamorados, vivían para el otro, sentían por el otro cosas que jamás imaginaron. Un amor jamás visto había surgido de pronto en sus corazones. Ambos habían vivido amores, habían sentido mariposas en el estómago con otras personas pero nada así. Se amaban tanto que se sentían la misma persona.

Después de dos meses, después de 61 días de intenso amor, de una relación cuyo final, a ojos de los enamorados, nunca llegaría, los jóvenes decidieron volver a subir al desván. Ella tenía un sueño recurrente, todas las noches desde hacía dos meses. Todo oscuro, una voz de mujer le decía que no podía abrir la caja de música, que pasara lo que pasara no la abriera, un destello de luz e imágenes de él y ella paseando por los hermosos jardines de la bonita y verde ciudad.

Subieron al desván, buscaron la vieja caja de música, la sentaron junto a ellos, compartieron besos y abrazos a su lado, al lado de la caja que había encendido su amor y cuyo contenido inquietaba a ambos. Tumbados boca arriba, contando los trozos de madera que habrían hecho falta para construir aquella pintoresca casa, ella le besó de nuevo y le susurró al oído unas palabras. Él la miró extrañado y preguntó por qué. Ella contestó con un beso más largo e intenso y él cedió. Ambos se incorporaron y acercando la caja de música, cuyos secretos seguían sin ser descubiertos, volvieron a repetir el proceso. Miraron la caja fijamente, luego se miraron mutuamente y se besaron. Él, harto de perder la cabeza cada vez que veía la caja, intentó abrirla pero estaba cerrada. Ella suspiró, se incorporó y comenzó a buscar en la caja de las viejas revistas donde la encontraron. Al fondo del todo, solo una carta.

Ella se sentó a su lado, le quitó la caja de música, le acarició para calmarle y le cedió la carta. Parecía una carta de amor, por la letra, probablemente de una mujer. Un sobre morado, con un matasellos de 1920, dentro algo de metal. Cuidadosamente abrió el sobre, cogió la llave que escondía y abrió con ella la caja de música. Empezó a sonar una dulce melodía y dentro un broche. Un broche de oro, un broche que les permitiría vivir a ambos tres vidas acomodadas sin necesidad de trabajar, solo preocupándose de amarse como nadie lo había hecho antes.

Él gritó, levantó a la muchacha del suelo y le dio vueltas con la mayor cara de felicidad jamás vista. Ella sin embargo se mantenía seria. La bajó, y comenzó a hacer planes para su futuro juntos. Ella volvió a coger la carta y siguió leyendo aquella cuidadosa letra, aquel misterioso papel que expresaba lo que sentía, que le obligaba a hacer frente al hecho más duro que jamás le sucedería.

Os quisisteis como nadie lo había hecho nunca, enamorados por una caja de música. Compartisteis los momentos más dulces de vuestras vidas gracias a ella, pero te dije que no la abrieras. Ahora te sientes vacía, ahora no lo quieres, te parece mediocre, no estás enamorada. El amor se ha esfumado, el amor que guardaba mi caja de música.
Ahora que conoces el amor verdadero y lo has perdido, disfruta de la melodía, se esfuma en el recuerdo como lo hace el amor.

Ella, con la carta en la mano todavía, se levantó y se marchó, para siempre.

Él asumió el hecho de que ella no lo quería, pasó página, se casó y tuvo dos hijos sin volver jamás a subir a aquel desván ni a ver aquella caja y, por supuesto sin entender porqué aquel día, ella se fue. Intentó encontrarla pero fue demasiado tarde, nadie volvió a verla por la bonita y verde ciudad. Él jamás leyó la carta. Vendió el broche y compró una casa en un bonito lago donde vivió con su mujer hasta los 82 años. Murió feliz.

Ella lloró, para siempre. Lloró toda su vida incluso cuando sus ojos se habían secado. Lloró durante 70 años, durante tres matrimonios, durante el parto de cuatro hijos, todas las noches de su vida. No había perdido al hombre de su vida, había perdido el amor verdadero. Y todas las noches, antes de dormir, metódicamente preparaba un café, salía al porche de su flamante casa, abría la caja de música y se sentía, sin entender por qué, feliz.